jueves, 12 de junio de 2008

VOLUNTAD DE VIVIR MANIFESTÁNDOSE


Ahora me comen
Ahora siento cómo suben y me tiran las uñas.
Oigo roer llegarme hasta los testículos.
Tierra, me echan tierra.
Bailan, bailan sobre este montón de tierra
y piedra que me cubre.
Me aplastan y vituperan
Repitiendo no sé qué aberrante resolución que me atañe.
Me han sepultado.
Han danzado sobre mí.
Han aprisionado bien el suelo.
Se han ido, se han ido dejándome bien muerto y enterrado.
Éste es mi momento.


Reinaldo Arenas
(Prisión del Morro, La Habana, 1975)

domingo, 25 de mayo de 2008

HORROR EN EL MERCADO


Un ruido me sobresalta en mitad de la noche. Me despiertan unos pasos rápidos. De un salto salgo de la cama y me dispongo a ver quien otea por casa. No veo a nadie. Solo sombras y oscuridad. Camino por el pasillo sin conseguir ver nada. Un extraño ruido proveniente de uno de los cuartos me hace dudar. Un escalofrío que recorre mi espina dorsal me hace dudar. Respiro hondo y me encamino a la estancia de donde vienen los ruidos. Respiro aliviado. No es nada de lo que podía imaginar.
Mi abuela permanece sentada en la cama llorando. El Alzheimer ha vuelto a hacer de las suyas y la tiene ahí. Llorosa y asustada. Yaya, ¿Qué pasa? Puedo ver el miedo a través de sus ojos. Ella casi no puede hablar. El llanto no la deja. No me reconoce, pero se acurruca en mi regazo. Habla de sirenas y de bombas. De mujeres corriendo decapitadas. De niños asustados. De gritos. De aviones Savoia sobrevolando cielo alicantino. De un mercado destrozado y desolado. De sangre y escombros. Todo un compendio de imágenes inconclusas y aleatorias.
Recuerdo de niño esta historia. Era un relato recurrente en las historias que a la luz de los fogones de paellas domingueras, mi abuela relataba a todos los nietos. Una historia de horror y muerte, que a todos nos parecía fascinante. Creíamos que sería fruto de su inventiva. Nos parecía tan increíble e irreal. Nosotros, los nietos, hijos de la Democracia y la libertad, nos parecía inverosímil tanto horror. Ella fue hija y testigo de una guerra civil inútil y sangrienta. De un bombardeo que junto el de Guernica, se organizó para arrasar a la población civil, con el objetivo de desmoralizar al bando que un año más tarde sería el vencido.
Parece que se va calmando. El Alzheimer ha vuelto a hacer de las suyas. Le ha hecho revivir aquellos momentos. Porque lo que le ocurre a ella no es que los recuerde, los vuelve a vivir con la misma intensidad de aquel 25 de Mayo, hoy tan olvidado por ciertos sectores de la política y la sociedad alicantina. Esa extraña enfermedad juega siempre con ella. Es una de las partícipes de su propia memoria histórica. De ese auto homenaje que hace ella en su mente. De la masacre que se llevó por delante a mas de 300 personas y que hoy deberían ser homenajeadas.

lunes, 5 de mayo de 2008

HÉROE



Eres el héroe que soñabas. ¡Lo has conseguido! Pasas por la vida tan desapercibido que te has llegado a creer importante. Y vuelas pro encima de sus cabezas. Sobrevuelas los cielos de nubes, estrellas y lunas. Plantándole cara a la vida. ¡Y vaya vida! De casa al trabajo del trabajo a casa, quince horas esclavo de tu destino. Pero te resignas. Y miras por la ventana esos cielos de estrellas y nubes que los ves pasar cada mañana, cada tarde y cada noche.
Eres el héroe que soñabas y la vida te está ahí aguardando. Te cobija en su seno y te muestra al mundo con orgullo. ¡Lo has logrado! Has conseguido ser un héroe mas entre los millones y millones que pueblan la tierra.

domingo, 27 de abril de 2008

LA ODISEA


A Ruth, Mónica y Marisa. Mis tres sirenas.


Cuenta Homero en la Odisea que Ulises para que no enloqueciera su tripulación por el canto de las sirenas, les puso cera en los oídos y les hizo que le ataran al mástil del barco, sin taparle los oídos, para comprobar ese canto hipnotizador. Se podría decir que esto que les estoy contando es una leyenda, una historia que pasa de padres a hijos a lo largo de la humanidad y realmente no parte de una base real. Nos equivocamos. Todas las historias parten de una base real para poder ser contadas.
Hace unos días. Un jueves cualquiera, tras la finalización de la jornada laboral, partí hacia una cafetería donde un amigo, que había acudido a mi llamada, esperaba expectante para que le contara que estaba planeando. Varios proyectos artísticos me rondan la mente y uno de ellos se lo fui a plantear. Primero porque me apetecía verle y segundo porque querría que él también formara parte del mismo. Tras varias cervezas y varios vinos, cada uno partió a otro destino. Otra isla que conquistar. Mi amigo se encaminó hacia su casa. Yo fui derecho a la denominada popularmente “plaza de los colgaos”. Donde otro amigo también artista me esperaba. Allí estaba con su Vespa roja.
Tras saludarnos, hicimos marcha sin pensar, a la cafetería Arteria. Conforme íbamos haciendo camino los alcoholes que cohabitaban en mi cuerpo, comenzaron a dar signos de que querían guerra. Mi paso cansado se fue acentuando, hasta que por fin, pudimos sentarnos en una mesa. La misma gente de siempre, con sus mismas copas y conversaciones; formaban parte ya del paisaje del lugar. El mojito, los puritos y las risas hicieron que nuestra conversación fuera distendida como siempre.
Una alarma de la compuerta de la vejiga comenzó a dar la señal. Rápida evacuación. Me levanté, entré en los servicios y durante un largo rato, me dispuse a sucumbir en el placer. No hay nada tan placentero como orinar después de varias cervezas. Me lavé las manos y al salir vi a Ruth; una amiga que permanecía sentada en una de las mesas. El alcohol me impedía abrir el campo de visión y no vi nada más. Tampoco pude moverme hacia ella. Tan solo intenté volver sobre mis propios pasos, para llegar a donde estaba mi querido amigo.
Días más tarde. Un lunes concretamente, Marisa, una amiga también amiga de Ruth me dijo: ¿No nos vistes eh? Me quedé muerto. ¿Cómo? Pregunté yo. Sí, el jueves en Arteria, Mónica y yo, estábamos con Ruth. Me quedé paralizado. No me podía creer que las hubiera ignorado de esa manera. El alcohol había hecho de las suyas y me había anulado el canto de las sirenas. Odiseo debió hacer lo mismo. Darles vino a los soldados. Desde ese día vuelvo a artería para encontrarlas. No bebo. Tan solo busco el fuego de Troya en sus posibles ojos.

domingo, 24 de febrero de 2008

AMADA BEATRICE

Amada Beatrice:
Tengo la imperiosa necesidad de desertar. Mi bandera blanca ondea varios meses sin tú poner atención en ello. No soporto ser la burla de mi ejército. Ignoras mis señales de abandono, de derrota, de amnistía quizás. No recuerdo cuál fue el preciso instante en que comenzaste a cavar la terrible trinchera que se ha abierto en esta nuestra cama.
Una trinchera que divide tu mundo del mío. No dejas que pueda apreciar el aroma de tus cabellos, no permites que tus fríos pies rocen siquiera mis genitales. Te acurrucas en el extremo, como si te protegieses de algún torturador o encontrases refugio de una lluvia innecesaria. Una lluvia que en otro tiempo te hizo venir a mi regazo, acurrucarte en mi pecho y darme besos goteantes de felicidad.
No alcanzo a comprender el motivo de esta afrenta. Me miro en el espejo y veo al mismo soldado raso que con el fusil de la valentía te pidió el compromiso que con un beso y un par de maletas firmamos aquella noche de San Juan. Añoro esos primeros meses de paz. Aquella felicidad sonora que hizo de nosotros la envidia de amigos y conocidos. Risas, carcajadas poblaban lo que ahora solo abarcan las frías bayonetas del silencio.
No soporto más esta terrible sensación de soledad. Ya no utilizas la pesada artillería de tu dialéctica. Esa verborrea que conforme acrecienta el combate te hace subir de tono. Me creerás loco, quizás, si te digo que echo de menos tus gritos. Dirás que he perdido la razón si añoro tus insultos. No puedo con tu silencio. Este silencio que puebla nuestro campo de batalla es como la muerte misma que nos acecha, para matar la pasión o el amor, o como quieras llamarlo.
Ya no veo arder Troya en tus ojos. Dos cuencas vacías sin sentido que no soportan ni sus propias lágrimas. Me miras con la misma indiferencia que un alto mando mira al reo que de rodillas espera el tiro de gracia. Y te sonríes por dentro. Te hablas a ti misma con la misma camaradería que tienen un grupo de soldados comentando lo bien que se ha sincronizado el último fusilamiento. Yo espero respuestas. Respuestas que no alcanzo a escuchar, porque hablas en clave, preparando la siguiente estrategia, el siguiente movimiento a ejecutar.
Se me va a hacer raro no estar al acecho. Creo que lo que más de menos voy a echar van a ser las guardias. Ese instinto de supervivencia del campo de batalla. Los largos paseos a solas de un lado a otro del colchón. Esas horas interminables de cigarros y copas, esperando que el enemigo traspase el umbral. Oír sus ebrios pasos, con o sin tacones, y ese ruido de la interminable cremallera del vestido. Dejar que se aposente en su lado de la trinchera. Y oír, lejana, su respiración.
Llevo tiempo meditando la decisión de la partida. Creo que es lo correcto. Necesito zanjar esta cruenta guerra de desgaste. Mi retaguardia va haciéndose cada vez más hacia atrás. Hemos cambiado la llanura del colchón por la breve colina del sofá. Poco a poco desapareceremos del mapa.
Sé lo que vas a pensar. Que soy y siempre he sido un cobarde. Que los valientes son los que pueblan los cementerios. Que los héroes son los que quedan marcados en la memoria. Pero bien sabes que no soy un gran patriota. Que no entiendo ni de himnos ni de banderas. Tan solo necesito sentir mi libertad.
Te lo dejo todo. A los muertos, a los vivos. El armamento y los víveres. Me voy solo. No quiero cargas que puedan retrasar mi marcha. Tan solo parto con mi uniforme, las dos maletas que traje aquella noche de San Juan y algunas furtivas fotos que me hagan recordar qué guerras no debo volver a combatir.
Se despide cordialmente con esta carta sin respuesta tu amado Fausto.

sábado, 16 de febrero de 2008

FEDERICO


La pitonisa dijo que Federico sería un gran filósofo. -¿Un filósofo?- Preguntó contrariada la madre.-Sí un filósofo. Ni medico, ni enfermero, ni maestro. FI-LÓ-SO-FO.Aquel día la madre de Federico, que en aquel tiempo no tenía más de 5 años, cayó en una profunda depresión. Filósofo, filósofo? repetía la palabra filósofo a cada paso que daba llevándose las manos a la cabeza.-De esto a tu padre ni una palabra. ¿Entendido?Federico asentía con la cabeza sin alcanzar a comprender la gravedad del asunto. Al llegar a casa el padre esperaba impaciente el dictamen de aquella bruja.-Que ha dicho la loca esa de mi niño?La madre miraba al niño, el niño miraba a la madre. Federico corrió hacia su padre.-Papa quiero ser filósofo?-cago en Dios hijo, si quieres comer hazte asesino.Queridos amigos en ese preciso instante nació la teoría principal de Nietzche

domingo, 3 de febrero de 2008

PEAJES


Tenemos que pagar peajes cada día. En cada momento, cada instante. Frenar el coche, que en definitiva somos, para al contado, cumplir con nuestro deber. Pero siempre al contado, no hay comodidades de tarjetas de crédito. Las deudas en la carretera de la vida se pagan caras. Se abre la barrera que nos interrumpe el camino. Volvemos a coger velocidad. Avanzamos deprisa por la carretera, con seguridad, sin mirar atrás, pero también, sin apreciar el paisaje que se abre a nuestro paso. La mayoría de veces no apreciamos el espectáculo que se muestra a nuestro alrededor.
Vuelvo a ver otra caseta de peaje a lo lejos. Reduzco la velocidad. Bajo marchas y me sitúo en el punto justo para que no me sea dificultoso extender la mano. En un instante, un sudor frío recorre mi frente. Me tiemblan las manos y la voz. Creo no llevar dinero. Pero un resorte de mi mente, me hace recordar que en la guantera, junto al libro del seguro, guardo siempre veinte euros, por lo que pueda pasar. Se los doy sonriente. Con la satisfacción de que puedo continuar el camino. Mi camino.